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Soledad, si la quieres
Escaños de soledad
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MÁS DESPACIO TODAVÍA

Morante en la salvación de la pobre patria.

El insospechado calendario de Morante

Un texto de David Ferrer, 10 de marzo de 2026.

MORANTE EN LA SALVACIÓN DE LA POBRE PATRIA o el insospechado calendario de Morante.


Decía el maestro Franco Battiato en su canción Povera Patria que la "primavera todavía tardará en llegar".  Así hemos pasado estos meses. En primer lugar los de la ausencia. Después los del regreso de Morante, hecho que se supo por enero. Ni los agoreros de la retirada definitiva ni los que vislumbrábamos un retorno ordenado y puntual hemos dado en el clavo. No importa. Los expertos en meteorología auguraban un invierno sequísimo y cálido y llevo desde navidades con el gorro de lluvia incorporado al cerebro y el abrigo de invierno un día sí y al otro que también.

Se agradece en esta vida un poco de caos frente a las certidumbres sospechosas. La de aquellos que lo tienen todo claro, que saben siempre qué comer, a quién votar y dónde estarán dentro de cinco días. Con la que está cayendo en este mundo, Povera patria, pobre patria, que decía Battiato, me da ya lo mismo que Morante se desdiga, que ofenda a los más lloricas de Las Ventas o que ponga patas arriba, una vez más, el tablero de las contrataciones. Si acaso, y es verdad, los únicos que están llorando son mis bolsillos y mis tarjetas bancarias. Pensaba yo, sin Morante, en una temporada selectiva, en un aquí y en un mes allá, sin el agobio de hoy es Sevilla, pasado Valladolid y luego Jerez.

En esta pobre patria que tenemos, aún me siguen conmoviendo esos pasitos lentos que José Antonio Morante dio hacia el centro del ruedo de Las Ventas para quitarse ese apéndice torero. ¿Que dos meses después se ha arrepentido? Pues sí, pero seguro que aquel día lo hizo con enorme convicción, derrotado, afligido en lo más hondo del alma, porque ahí es donde se duele tras el triunfo. El arte es paradoja vital pura: duele más vaciarse en un gran libro, en una ópera, en una temporada llena, que en una donde se sucedan los fracasos. Y creo que en ese momento, en ese contexto, en ese final, Morante así lo sintió y así nos lo transmitió. Aquellas imágenes, como la tanda de muletazos, han pasado a la historia.

Tarda en llegar la primavera. Ayer hemos tenido la última nevada, por ahora. Se suceden elecciones, se abren frentes de guerra, y tenemos a los mismos idiotas en los mismos puestos de responsabilidad y de gobierno. Yo no sé cómo le irá a Morante esta temporada. Me inquietan (como siempre) sus bajones así como la reacción adversa de algunos públicos que un día idolatran a una figura y al otro lo tiran por el suelo, como un vulgar programa de mano. La planificación de la temporada de Morante se define precisamente por lo opuesto: es inesperada, sorpresiva, chocante, daliniana, insospechada. Va diciendo que sí a todo el que se le presente. Va firmando de palabra en bloque con unos empresarios y con otros. En cada sí hay quizá una ilusión, una imagen (El Puerto, Jerez, Ronda...), no hay nada práctico y ni siquiera nada aparentemente monetario.  Pero hay que pasar el fielato de los meses, cada tarde, cada toro, y  habrá que ver cómo va llegando este torero a cada puerto. 

Pobre patria. Escribo estas líneas en un desolado descanso de corrección de exámenes: alumnos que no estudian, que no leen, que no se esfuerzan, que fían su vida y su conocimiento a una rápida Inteligencia artificial que, por supuesto, no les hace más listos ni más sabios. Un erial. Y luego está la miseria de los premios literarios donde cada pájaro con boina escribe y recoge su premio y da lecciones de lo divino y de lo humano. Y más allá, la vergüenza de la política, donde mienten más que cobran. Viendo el panorama, ¿qué me importa, por tanto, que Morante dijera y luego diga? ¿Y qué si decide hacer una temporada de cuarenta? Morante salva a la patria taurina, que es, a la postre, la verdadera patria, la de fuera. Firme lo que quiera. Vaya donde quiera. No se arrepienta. Y firme un colofón soberbio, ya sea el último, o el penúltimo, o el antepenúltimo.

¿Y Madrid? Ya no me atrevo a pronosticar nada. Lógico sería no comparecer, pues hay cien o doscientos allí con las gargantas bien afiladas. Pero una bronca de las gordas en Las Ventas sabe a gloria. Y una salida a hombros, ni te cuento. Tal y como está todo de mediocre, me conformo con lo uno y con lo otro. 

David Ferrer. 10 de marzo de 2026. 



MÁS DESPACIO TODAVÍA

De cuando no quise escribir sobre Morante

Morante decide volver y no nos ofendemos

Un texto de David Ferrer, 21 de enero de 2026.

DE CUANDO NO QUISE ESCRIBIR SOBRE MORANTE

Tras la intensísima, emocionante y agitada jornada del 12 de octubre pasado, probablemente una de las fechas más apasionadas de la historia de la tauromaquia, llegué al hotel noqueado, exhausto y perplejo. Allí me esperaba el portátil con el espacio en la web ya preparado para la crónica de lo sucedido en sesión doble de toros. Y allí quedó todo. No quise escribir porque a lo mejor no había nada que decir, porque otros lo dirían y, al fin y al cabo, uno no era más que un espectador sencillo de cuanto en Las Ventas sucedió. Que fue mucho y fue bueno, pese a la tristeza de la quita, pausada y elegante, del apéndice del maestro Morante.

Unos meses después considero que no me equivoqué en esa decisión de no escribir. A veces la inacción, la toma de distancia es el mejor consejo. Recuerdo siempre aquel poemita de Gil de Biedma: "no leer, no sufrir (...) y vivir como un noble arruinado / entre las ruinas de mi inteligencia". ¿Habría dicho yo algo mejor a lo que han escrito y descrito tantos periodistas, tuiteros, plumillas o galanes de la palabra? En medio de ello, hasta ha habido un libro de Rubén Amón, que tampoco he leído, por razones similares, y que descansa allí arrumbado bajo la torre de novedades y libros pendientes.


De la retirada aquel día de Morante se ha dicho mucho y, a menudo, con una afectación enfermiza. El momento fue solemne, conmovedor, pero yo preferí guardarlo en mi memoria, o en los vídeos que tomé con el iPhone, a caer en una afectación lírica, grandilocuente e hiperbólica, como si se hubiera muerto Joselito y de nuevo lloraran las aguas del Guadalquivir. ¿Ven qué fácil? No quise escribir porque tampoco pude, porque vi a un ser derrotado, sublimado en el triunfo de una jornada y una temporada única como pocas. No quise escribir porque aprecio demasiado a Morante como para manchar su nombre con versos pobres o elegías sentimentales.

Y sin embargo, hoy, 21 de enero, que ha corrido como la pólvora la noticia con las intenciones venideras del maestro, hoy sí escribo. Porque el hombre derrotado vuelve a ser torero. Y porque me duelen algunos comentarios que leo, apresurados y llenos de malaje, que critican un regreso o el anuncio de alguien que se fue en ese momento, porque necesitaba irse. Solo en la cabeza de José Antonio Morante están las verdaderas razones de aquel gesto ritual del 12 de octubre. Que fue doloroso. Que fue bello. Y solo en su cabeza están las razones de una vuelta. Quizá, como sospechábamos, radica todo en la necesidad de un ser desvalido que se siente completo al torear. Quizá, cómo no, haya habido presiones de empresarios, conscientes de que con un José Tomás más que retirado, que ni siquiera juega a ser espectador (como otras figuras retiradas como Ponce, Joselito, Rincón o Juli), su presencia es una vez más necesaria, casi alquímica. Quizá, y a pesar de tanto en la temporada pasada (por ejemplo, Madrid, Salamanca, Jerez, Sevilla, El Puerto...) aún navega huérfana en su cabeza esa faena perfecta, definitiva, de la que nadie, ninguno de los que osamos mentar su nombre, podamos hacer la crítica y la crónica perfecta.

Hace algunos años me preguntaron si alguna vez he sufrido por el destino de mis votos en unas elecciones. El arrepentimiento de mi voto me dura unos pocos días: el día de votar, el del análisis del resultado y el de la comprobación de que me han engañado. No más. A mí Morante no me ha engañado ni soy quién para reprochar su ida, su venida, su transfiguración o su silencio. Los mismos que critican su rápido retorno lo habrían hecho igual de confirmarlo en la feria de San Miguel o en San Isidro de 2027. Porque Morante, lejos de ser un consentido de la tauromaquia, es la figura más vapuleada del escalafón. Contra pocos toreros he visto a veces a una masa tan híspida, tan cruel o tan bronca como en esas tardes malillas del maestro (Valladolid, sin ir más lejos el año pasado). Morante de la Puebla es tan claro que a veces cuesta entenderlo. Sus decisiones parecen a veces arrebatadas, arbitrarias, a contra estilo, o con desgana. 

Por eso yo no quise escribir aquella noche triste del 12 de octubre. Porque sabía que volvía. Ignoraba el cómo ni cuándo ni dónde. Y escribir en aflicción es llorar con tus peores recursos retóricos, con tus malos adjetivos y unos pésimos verbos. Morante torea este año. Conjugamos ya el presente. ¿Será solo Sevilla o una exquisita selección de plazas afines? ¿Aguantará el maestro la presión? ¿Las inevitables broncas? Allá se quede cada uno con sus rencores, sus reproches y sus cuentas de calculadora: han sido 101 días, ya les facilito el dato. Más que la vuelta al mundo de la novela de Julio Verne. A mí, en medio de este invierno-invierno, se me han hecho eternos. Pues eso: vuelve Morante, hablemos ya en presente, y podemos escribirlo.

David Ferrer. 21 de enero de 2026. Día del anuncio.



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Morante: agranda la puerta

Al fin Morante a hombros por la puerta grande de Las Ventas

Un texto de David Ferrer, 9 de junio de 2025.

MORANTE DE LA PUEBLA: AGRANDA LA PUERTA.

"Agranda la puerta, padre / porque no puedo pasar / la hiciste para los niños / yo he crecido a mi pesar" (Miguel de Unamuno)


Cuando esa turbamulta feliz sacó al fin en volandas ayer a Morante de la Puebla, la puerta se achicó inmediatamente y va a quedar infranqueable, dura, hostil por un tiempo. Morante de la Puebla, al margen de los calificativos que se puedan poner (torero de época, número uno, enciclopedia andante) ha recogido de Joselito y Belmonte, de Manolete y Arruza, de los Bienvenida, de Dominguín y Ordóñez no ya unas formas, que se muestran en lances y composturas, sino algo que faltaba hace tiempo en una fiesta algo metódica y lineal: la pasión, el arrebato, la felicidad. De manera que Morante de la Puebla agranda y achica puertas a su paso, como dijo Unamuno, el que vivió y murió en Salamanca, ciudad fetiche a la que volverá el diestro en pocos días. Morante compone y descompone el escalafón, los días, las semanas y las temporadas. 

Cuando se concedió ayer la oreja en el segundo toro (petición mayoritaria, una oreja olímpica a un conjunto de la tarde más que por la faena en sí) saltaron unos pocos quejíos de los de siempre. Pocos, todo hay que decirlo. Los melindrosos del "que sí, que si no", "que si este toro es una cabra", "que si la plaza es mía". Son las plañideras más tristes del funeral, las reventadoras del viaje de fin de carrera, las hojas lacias más tristes de la ensalada. Fue clamorosa la salida, más que aquellas bellísimas de Antoñete, de Curro Vázquez, de José Tomás, de Rincón, de Joselito, o de Esplá, tan sentidas y merecidas. Y me acordé de que fue el propio Morante, en su genio, quien impulsó y espoleó a otros toreros para abrirle la Puerta del Príncipe a Manzanares padre, en una tarde crepuscular que no había salido como se esperaba. Años después decía el torero sevillano: "yo no podía permitir que ese hombre se muriese con la pena de no haber abierto la puerta de la Maestranza".  Y recordé lo que le dijo un banderillero a un sollozante Julio Aparicio: "estaba cantao, Julito, estaba cantao".

Morante ha agrandado la Puerta de Madrid. Estaba cantao, declarao, que diría el subalterno. Lo estaba por el ejercicio titánico de superación: no podemos imaginar por lo que debe haber pasado este hombre en sus tratamientos y recaídas. Estaba "cantao" por lo que hemos visto en Sevilla, en Jerez, en Ávila y en Madrid hace bien poco. La otra tarde de Morante ya fue de por sí de puerta grande. Ayer se agrandó para su salida. ¿La estocada caída? Cierto. La suerte suprema. ¿Quién se acordará de esa minucia? En el toreo afortunadamente no siempre dos y dos son cuatro.

Como siempre, un rictus de tristeza, en un contexto de desbordada alegría, se asomaba en las declaraciones ayer de Morante tras su hito. Asomó el fantasma de la retirada, que algún día llegará, y por edad y trayectoria no será muy lejano. Mientras tanto, no se pierdan una tarde del maestro: en plazas grandes, en plazas pequeñas. En días de sol, y hasta en los de bronca, que vendrán.  Pero el día que Morante de la Puebla diga: hemos llegado hasta aquí, se empequeñecerán todas las puertas, y los ruedos parecerán minúsculos, inhóspitos, tristes. Hasta que llegue otro, no sabemos quién, pero que ojalá venga.

David Ferrer. Junio de 2025.



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Abril, abrir

Abril de esperanzas y desajustes

Un texto de David Ferrer, 19 de abril de 2025.

ABRIL, ABRIR

"Abril para vivir, abril para cantar", decía de manera inspiradora el añorado Carlos Cano. Aunque la temporada taurina ya está más que comenzada, es en abril cuando se abren todas las puertas, florecen las esperanzas o se frustran los sueños. A estas alturas, solo unos pocos privilegiados han hecho ya algún paseíllo. Muchos harán el primero en las próximas ferias o verán su nombre impreso en algún cartel de mayor o menor postín. Todo comienza ahora tras la resurrección. Abril como apertura.

En redes y comentarios, en mentideros taurinos (si existen aún), los aficionados un año más se conjuran sobre sus deseos y frustraciones. Hay que abrir más los carteles. Hay que dar paso a otros nombres. Desconozco si quien afirma eso va a coger entradas para ver a Calerito o a David Galván en La Maestranza. Una simple ojeada a la taquilla demuestra que de momento ambos carteles no llegan ni a media plaza. Sí, luego ya tenemos a Morante, a Roca, a Ortega, a Talavante, a Luque y ya encontramos llenos. Entonces, si esos carteles que se dicen ilusionantes y de esperanza no llenan, ¿para qué vamos a abrir la baraja?

Se oye, se escucha, se comenta a menudo que hay que abrir las ganaderías más allá de Juan Pedro, Garcigrande, Nuñez, Victoriano. Las Ventas ha programado en este mes de abril varias corridas toristas (Valdellán y Palha): difícilmente se alcanza la media entrada. A pesar de la presencia el pasado domingo de un genio al margen de todo como Antonio Ferrera, cuya presencia en el cartel, y su compromiso, merecería solo per se el lleno. Entonces, si solo vamos a ver unos Domecq terciados, ¿para qué vamos a abrir la selección de ganaderías? Quizá es tan solo un sueño y son las ganaderías comerciales las que de vez en cuando te sueltan un toro para el toreo y el torero moderno. A las pruebas me remito: esos agostos y septiembres de cemento tórrido en Las Ventas y toros inciertos, peligrosos, sin un pase. Y sin un triunfo.

Se dice que hay que abrir las ferias, que sean como las de antes. Córdoba apenas da dos festejos, Valladolid, Almería y Salamanca, antaño ferias de casi una semana, se reducen a unos pocos festejos. Lances de futuro abre algo los carteles en Málaga y Cáceres: entran Fortes, Ferrera, Ginés pero siempre acompañados de Roca o de Morante. 

Y la temporada de Morante. Bien el Morante de Almendralejo, mejor el de Moralzarzal en lo artístico antes toros indescriptibles. Esperemos que sea aún mejor por el bien de todos el Morante de Sevilla. Ahora bien, ¿no debería el maestro Morante, el más poderoso, el más artista, abrir también sus carteles y sus ganaderías? Nos anuncian que Morante vuelve por sorpresa a La Glorieta de Salamanca: ¿una ganadería distinta? ¿una terna más abierta? Si quieren, doy nombres.

Abril abre capotes. Espero que se abra con solemnidad y ritmo el de Ortega, Luque y el de Aguado, que parece haber cogido sitio. Me gustaría que muchos empresarios esperaran un poquito en la confección de sus carteles y que, con atrevimiento y alevosía, abran un poco sus carteles. 

Abril abre esperanzas. La tauromaquia trata de eso. Pero nos va a tocar soñarla en muchos sitios: la temporada ya se ha abierto, pero para la televisión muchas de esas tardes estarán cerradas. 


David Ferrer. Abril de 2025.



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Soledad, si la quieres

Sobre Tardes de soledad, de Albert Serra

Un texto de David Ferrer, 7 de marzo de 2025.

Soledad, si la quieres: sobre Tardes de soledad de Albert Serra (estreno en cines el 6 de marzo)

Calificación: ****

Se ha hecho esperar el estreno de Tardes de soledad, la película-documental de Albert Serra sobre el toreo y Roca Rey. Ha habido mucho runrun, mucho entusiasmo sobrevenido, mucha afectación desde que ganara el Premio del Festival de San Sebastián, allá por septiembre. Desde ese momento, y desde que empezaran a producirse las primeras críticas positivas hacia este extraño artefacto cinematográfico, sorprende que el mundo antitaurino, tan vociferante a veces, haya estado tan en silencio acerca de la obra como igual sorprende que, muchos sin verla, el director haya sido acogido como un hijo pródigo, como un refugiado entre las élites y la oficialidad taurina. Sorprende todo un poco.

Ayer fue el día del estreno. No sé como transcurrió en otras ciudades. En Ávila, ciudad de escasa afición, se congregaron en la sala, unas cuarenta personas del centenar que podían tener cabida. Menos de media entrada, como titulé en un artículo sobre la tauromaquia en Ávila que me pidió el consejero y aficionado Santonja. Lo más sorprendente es que en Ávila nos conocemos todos: no había apenas representación del mundillo taurino abulense, lo cual connota dos cosas: o que no van a ir a verla por suspicacias o, como es habitual, tienen la intención de piratearla y no pagarle a un catalán los 4,50 que me costó la entrada. Lo cual es baratísimo y resulta al final bien invertido. La cultura hay que pagarla, siempre. 

Como no hablamos de una película cuyo argumento sea ficcional sino la realidad misma de la tauromaquia, Tardes de soledad es una mezcla entre el documental, la investigación, el drama psicológico y el biopic. Y es de una factura impecable. Digna de ver en pantalla grande incluso cuando la cámara se recrea y se regodea en los estertores del toro, en sus últimos latidos, en sus ojos en blanco. ¿Por qué debía ocultar eso? ¿Acaso el toro no se lidia y muere en la plaza? Sin embargo, este gusto por la sangre no hace que la película sea antitaurina en sentido estricto y dogmático: puede resultar desagradable para un público que en general no acuda a la plaza o que vea ocasionalmente el festejo desde una grada alta. Pero el antitaurino militante no va presenciar la película precisamente por la abundancia de escenas de la otra parte: la del rito, la de la belleza, la soledad del héroe a punto de enfrentarse a una bestia. 

¿Es una película favorable a la tauromaquia, como nos han hecho creer con premios y agasajos la élite taurina y los senadores peperos? Tampoco lo creo. De lo que no hay ninguna duda es que ha filmado un espectáculo total, como hay pocos, con los medios actuales, con una mirada del XXI y alejada de los tópicos y prejuicios que inundaban las películas taurinas de otras épocas. Pues sí: Juncal es maravillosa, pero es una serie costumbrista y Tarde de toros y Currito de la Cruz se han quedado añejas para el gusto moderno. Albert Serra tiene una sensibilidad especial para el detalle, sabe manejar cámaras y micrófonos y traslada al espectador de la pantalla grande un espectáculo excelso con sus verdades y sus crudezas, que no oculta. 

Desde el punto de vista aficionado (esta página no es de cine sino de tauromaquia), Tardes de soledad me ha llevado a pensar en varias cosas sobre los problemas internos de la tauromaquia. Durante más de hora y media el ojo no pestañea apenas, no quitas atención de los detalles que te muestra la cámara. Llegadas las dos horas nos pasa como en una corrida en Las Ventas: el asiento se hace duro, la mirada se seca. En segundo lugar, es cierto que la película tiene como nombre indiscutible a Roca Rey. Pero se ha eliminado a la competencia, se ha eliminado al público. La cámara a veces está demasiado centrada en el morrillo del toro y evita que aparezcan otros rostros: se vislumbra apenas a Cayetano o Pablo Aguado en un momento y, al final, a Emilio de Justo. Es preciosa la escena final de la despedida, tan llena de ritual, respeto y caballerosidad. Pero esa excesiva soledad del torero no explica que en la tarde hay otros dos actuantes. Supongo que aquí han intervenido los famosos derechos de imagen que han lastrado la trayectoria de Onetoro y que, junto a la piratería innata del aficionado, han llevado a esta cadena a su ruina, además de otros problemas propios. Por último, Roca Rey. No es un actor. Está en su estricto papel de figura del toreo. Pero no creo que la película le haga un favor. Su gesto es adusto, antipático, soberbio durante las dos horas. No es un personaje especialmente locuaz y lo que ha filmado Serra muestra un torero bastante plano donde una y otra vez repite la misma faena: el estatuario, el derechazo, el pase por la espalda y la estocada. Al capote y al arte apenas se le da presencia. 

¿Ha ganado la tauromaquia con Tardes de soledad? Le ha dado presencia en los medios. No creo que esta película sume un solo aficionado pero tampoco creo que le haga perder ninguno por el asunto de la sangre. No somos niños. Albert Serra ha hecho un producto cinematográfico de gran altura, de muchísimo trabajo, introspección y resistencia a los dogmas y prejuicios. Y le ha salido algo muy bueno. Dirán algunos que el perdedor de la película es el toro. Creo sinceramente que en sus inicios Serra pretendía hacer algo más antitaurino y al final no ha podido porque se ha contagiado de la belleza, del ritual innegable que hay en el mundo taurino. Y que se ha sentido cómodo en ese ambiente, que no es la Atapuerca que algunos antis pretenden transmitir. Así que el toro muere luchando y respirando porque así es su sino. Creo que el perdedor de la película es Roca Rey. Es de agradecer que se haya inmolado en pantalla. Dudo que otros diestros se hubieran prestado a tal sacrificio. Roca es un torero intenso, valeroso, que se deja el cuerpo en la plaza, dispuesto a ganar toda pelea pero en la película realiza una y otra vez la misma faena. La regularidad sí, pero sin arte. Vayan a ver la película al cine. No pirateen. Y dejen los prejuicios.


David Ferrer. Marzo de 2025.



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Tardes y escaños de soledad

Las mentiras de Izquierda Unida, la verdad del toreo

Un texto de David Ferrer, 24 de diciembre de 2024.

Escaños de soledad. 

Acaba de salir la última actualización del sistema operativo Mac de Apple. Nos anuncian importantes mejoras, lo que en el argot se conoce con la horrenda palabra de funcionalidades. La mejor: puedes controlar totalmente el iPhone desde el ordenador. Y viceversa. Alucinante. Ya no hay que estar a dos cosas. Un avance. Pues no. La Unión Europea y el Parlamento Europeo, instituciones carísimas donde habitan a cuerpo de rey muchos de nuestros representantes políticos, algunos de los cuales no han trabajado previamente en nada, se oponen a esto y lo prohiben en Europa. Es decir, un ciudadano norteamericano puede controlar su iPhone desde su Mac pero un españolito o un irlandés no. Porque somos tontos. Y en Bruselas son muy listos.

Nada tiene que ver esto con el toreo. O sí. Porque es una más de las prohibiciones, recortes y cortapisas que los políticos, muy listos, imponen a los ciudadanos, muy tontos los pobres. Con la tauromaquia, actividad legal en España, Francia y, con sus diferencias, en Portugal, pasa algo parecido: cada cierto tiempo salta un listo que enarbola la bandera de la pureza y la naturaleza e intenta poner cortapisas a los toros. Que si las ayudas, que si las entradas, que si los niños. Ay, los niños. Cuando un político se pone en defensa de los infantes hay que temer cualquier cosa. No hay más que un millón de herreros / forjando cadenas para los niños que han de venir. Eso decía Lorca. No hay mas que un centenar de políticos bobos forjando cadenas para que usted o yo no podamos acudir a los toros o, si lo desea, en el ejercicio de su libertad como padres, llevar a sus hijos a los toros.

En cada plaza a la que acudo me encuentro a niños toreando de salón a la puerta. Podrían estar haciendo tiktoks o jugando a la Play Station. Pero juegan a los toros. Los vimos por televisión hace poco en medio del barro de Valencia. Los niños juegan a lo que quieren y a algunos les gusta jugar a ser toreros. Lo de los adolescentes y universitarios ha sido providencial en estos últimos años: cómo llenan los tendidos de sol. Y sin que nadie los obligue. O sí. Quizá los políticos les empujan en dirección contrario a lo que no quieren que hagan. Simple.

Ayer se presentó la enésima cruzada contra los toros. La presenta Izquierda Unida. Justo en los días de mayor repercusión de la promo que realiza un no taurino, Albert Serra, con su documental Tardes de soledad. Justo en los días en que Morante anuncia su vuelta. Pero en Izquierda Unida no se enteran y más que tardes de soledad viven en unos escaños de soledad, quejumbrosos y al borde de la desaparición. ¿Qué es Izquierda Unida? ¿Cuánta gente va a sus mítines? 

Yo voté muchos años a Izquierda Unida. En los años de Anguita, que no era en absoluto contrario a los toros. Y vi a muchos de sus representantes en las plazas. ¿Por qué este partido extinto propone ahora prohibir la entrada de niños y jóvenes en las plazas de toros? Porque se está muriendo. Porque no tiene salvavidas. Porque nadie piensa en ellos. Porque nadie los vota. Porque piensan que tres jóvenes o cuatro van a votarlos por su defensa de los animales. ¿Se acuerdan alguna vez de los cerdos ibéricos? ¿Y de los bogavantes? ¿Y de los pollos? Izquierda Unida es en pequeño lo que la Unión Europea hace a lo grande: contra todo sin saber por qué, contra todo aunque vaya en perjuicio de los ciudadanos. Lo grave de un partido raquítico como Izquierda Unida, al igual que Sumar, es que actúa contra su propia historia. Porque la desconocen. Izquierda Unida va contra Pepe Dominguín, comunista; contra Rafael Alberti; contra Miguel Hernández, contra el pueblo. 

Gracias, Izquierda Unida: gracias a su iniciativa más jóvenes van a ir en la temporada 2025 en los toros. Quédense con sus escaños de soledad que dentro de poco no serán ni escaños. Serán soledad apenas.

David Ferrer. Diciembre de 2024.



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Azpeitia, al fin

Un camino interior

Un texto de David Ferrer, 5 de agosto de 2024.

Azpeitia, al fin. Un camino interior.

(Dedicado a Ignacio Álvarez Vara, que nos abre lugares y sugerencias)

La sinuosa carretera que recorre el valle del Urola desde Beasaín hasta Azpeitia no deja un metro cuadrado libre: es tal la frondosidad, la cantidad de árboles, que el viajante venido de la recia, plana y seca Castilla no deja de conmoverse. A mi esta frondosidad me crea fascinación a la par que inquietud. El misterio de los bosques. La carretera es atravesada de tanto en tanto por antiguas vías de ferrocarril: hay puentes de hierro y túneles pequeños, supongo que para aquellos antiguos trenes de vía estrecha. Como ya no funcionan, se han creado unas vías aptas para aguerridos senderistas. Desde allí, a pie firme y ligero, pueden llegar a la playa de Zumaia. A mí me daría miedo pasear entre tanta espesura y umbría.

Si se entra a Azpeitia por dicha carretera sorprende la cúpula del santuario de Loyola. Parada obligatoria. La obra y la labor de los jesuitas fue de tal importancia para la literatura que uno ha tenido que recurrir no pocas veces a los textos de Ignacio, o a la Instrucción de predicadores de Terrones del Caño o a mi admirado Gracián. Todo surgió aquí en las nobles estancias que ahora se muestran como museo. 

La entrada a Azpeitia desde Cestona es más vasca, si podemos definirlo así. Los beneficios de la pasada industria. Una oxidada composición de tubos, grúas y distribuidores de hierro de lo que parece ser una antigua fábrica, no sé si ya operativa, te lleva al poderío vasco del siglo XIX, ese que ya anticipó en sus textos Pío Baroja. Precisamente antes de llegar a Azpeitia hemos parado en Cestona. Al margen del paisaje que lo circunda, no ofrece grandes cosas. Comprendo la soledad y el desánimo del escritor. Ahora está todo plagado de carteles en euskera en favor de los de siempre. Los escasos habitantes que están a esa hora en la calle nos miran con cierta extrañeza: no parece que el turismo sea numeroso como en otras localidades de la costa. De la iglesia del pueblo salen las últimas feligresas. Pregunto por la plaza de Pío Baroja. Me lo indican con algo de resquemor. Como ese cura carlista que antaño consideraba a Baroja como un anticlerical y un enemigo de la fe. Pero tenía ganas infinitas de pisar todos y cada uno de los lugares barojianos.

En Azpeitia es víspera de su fiesta, la de San Ignacio. El pueblo está de bote en bote: hay charangas, grupos de adolescentes que llegan en autobús desde localidades cercanas, atracciones de feria, familias, comparsas. Solo encuentro sitio para aparcar en el patio de la ikastola que sirve, además, de campamento okupado por los vendedores africanos que pueblan el municipio: bolsos de imitación, camisetas de la selección española, baratijas. En la puerta hay un cartel incomprensible en euskera, a modo de advertencia para los conductores: uso el móvil para la traducción y me pregunta si quiero traducir del turco al español. Decididamente el euskera es ingobernable. 

La plaza del Ayuntamiento se dispone para los pasacalles. Las peñas van organizadas en colores. Hay júbilo, hay cerveza por doquier, hay juventud. Lo que parece el mercado ha sido colonizado por los abertzales. Firman las pancartas infinidad de organizaciones: movimiento comunista de Azpeitia, jóvenes euskaldunes, socialistas de Azpeitia. Si estuviera allí Baroja le empezaría a sudar la cabeza por debajo de la txapela. Se comprende, sin embargo, que son cuatro gatos, bien regados por las diferentes administraciones. Del ambiente taurino aún no hemos visto nada. Y me sorprende en una feria con tanto arraigo. Hay que buscar la plaza, la bombonera. 

No está lejos la plaza. Hacemos la visita de rigor, de vísperas, como en todas las ferias. Veo ya allí rostros conocidos: Mariano, el incombustible mesonero del Donald sevillano, e Iriarte, el empresario de la plaza. Estamos allí unos cuantos a las puertas de tan bonita plaza, rodeada de montes, de silencio, de cuidada blancura. Tenemos los aficionados a los toros una cuidada afición a la liturgia, a los lugares sacrosantos que son las plazas de toros: por más que hayas ido decenas de veces, te paras a contemplar siempre Las Ventas, la Maestranza, el coso de la calle Xativa, La Glorieta de Salamanca o esas pequeñas plazas con solera, como Linares, Talavera, o esta de Azpeitia. La construcción de la plaza, en blanco y rojo, no difiere de un lejano caserío. No así su portada donde destaca el año 1903 y adornada por siete bolos que le dan un toque oriental. Como hay poco que hacer en esta víspera de día grande, nos disponemos a buscar un figón donde reservar para la comida del día 31. Y no es fácil. Paro en el hotel Loiola, moderno, cerca del santuario. Me dicen que imposible: que para el día de San Ignacio ya tienen todo reservado. En el comedor veo una figura conocida: es Ignacio Álvarez Vara, periodista, crítico taurino, con el apodo de Barquerito. Tengo que saludarlo. Si hemos llegado a Azpeitia ha sido gracias a él: durante años hemos leído con devoción sus crónicas de la feria y el amor que profesa por esta tierra y por su plaza. No hace mucho me envió un ejemplar de su libro, que recoge algunas de las crónicas antiguas. Me lo he llevado precisamente a este viaje: hay cosas que no cambian pero las figuras van sucediéndose, los toros también y los lugares. Aunque sus crónicas, y todos esos paratextos costumbristas y deambulatorios con que regala a sus fieles, van a perdurar, tiene uno la sensación de que Ignacio podría haber sido un gran escritor de Madrid, un memorable prosista de viajes, más ahora que se han puesto tan de moda los libros sobre el paseo, sobre la observancia lenta. Precisamente, al día siguiente, coincido en la plaza con el director de cine Agustín Díaz Yanes, el de Alatriste. Le doy la enhorabuena por el prólogo que hizo al libro de Barquerito. Y lo resume muy bien: "todos somos fans de Barquerito". Ignacio debe saber que es muy querido.

31 de julio. San Ignacio de Loyola. Leo en el programa del ayuntamiento que habrá procesión y misa solemne. El cortejo es parco, con una concurrencia escasa. Ataviados de forma solemne los txistularis y la banda de música al final. Es bonita la imagen de San Ignacio pero a los que venimos de Castilla o que viajamos con frecuencia a Sevilla, nos sorprende este desapego popular. ¿Seríamos acaso cincuenta viendo la procesión? De allí, volvemos a la plaza. Es la hora del apartado. Ya sí: el taurineo, ese emocionante momento de ver a los banderilleros e incluso a los toreros vestidos de calle. Daniel Luque no se pierde nunca un sorteo.  Nos cruzamos con Juan Bautista, con Curro Javier, con el mozo de espadas de Morante. Hacía mucho que no sabíamos de los toros salmantinos de Loreto Charro: vistos desde lo alto de los corrales son preciosos de estampa. Hay una sensación de felicidad, de presagiado triunfo. Pero a diferencia del fútbol, nunca se sabe. Día de expectación. Me dicen que hasta han aparecido pintadas en loor de Morante. Como si fuera un santo del Barroco.

Comemos en el santuario de Loyola. El barroco templo me recuerda a Turín: la capilla de la Síndone o la basílica de Superga. A su lado, la noble casa, pero austera y desprovista de grandes lujos. La doble vida del caballero y del santo. Me dicen que Juan Ortega ha estado de visita en el santuario. Le pega ese recogimiento.

Y a la plaza. La presencia de Morante, donde sea, es taumatúrgica, chamánica. Recuerdo sus llegadas a La Glorieta de Salamanca, donde se le venera. Aquí igual. Llega su furgoneta blanca. Baja entre el gentío y esboza una sonrisa forzada, tímida. Hace poco, cenando con Fernando Savater le pregunté cómo había sido su encuentro con el torero de La Puebla. Decía el filósofo: es un personaje extraño, conmovido, sabe que es Morante y quiere ser Morante a toda costa, como si fuera un torero de otra época. Y es que es de otra época. Dejo la crónica del festejo para Barquerito, que lo hace mejor, pero Morante en el cuarto toro dio otra lección de enciclopedia taurina. Tengo la sensación, y lo he notado en varias plazas, que el público moderno quizá no comprenda del todo a un torero como Morante. En la tarde de Azpeitia hubo unas verónicas de mano alta, hubo molinetes como solo hemos visto en fotos en blanco y negro. Pero, por supuesto, no hubo espaldinas ni alardes temerarios modernos. Y Juan Ortega. Si esta página donde escribo se llama la despaciosidad, habrá que hacer algún apunte. Quizá a Juan Ortega le falte algo de técnica, quizá no le valgan todos los toros, pero cuando encuentra un toro, se para el aire. Y eso tiene un mérito eterno. Yo vivo aún en la media verónica de Azpeitia.

Hacemos una escapada a Zumaia y Guetaria. El modernísimo museo de Balenciaga. Otro raro. Con un altísimo sentido del deber y de la perfección. Tanto que tuvo que retirarse cuando la moda se convirtió en un producto de consumo, comprar, usar y tirar. Quien tiene un Balenciaga original tiene un tesoro.  El museo de Guetaria, como todos estos museos modernos, juega la baza de un concepto arquitectónico fotografiable o instagrammable: bonito desde cualquier lado. Si en lugar de los vestidos y trajes de Balenciaga, albergara jarrones chinos no pasaría nada. Comemos un excelente pescado en Guetaria. Y de vuelta paramos de nuevo en Cestona, en su balneario decimonónico. Añejo, vetusto, decadente, dan ganas de venirse aquí unos días solo para escribir y, entre capítulo y capítulo, tomar unas aguas. Tiene algo de Thomas Mann este balneario: montañas, el rumor de una cascada, pasillos inmensos. En la puerta principal, bien colocadas, por orden de alternativa, las furgonetas de los toreros de la tarde: Urdiales, Daniel Luque, Borja Jiménez. En una ventana del primer piso vemos a Daniel Luque en camiseta hablando por el móvil. En las inmediaciones, banderilleros en pantalón corto hacen flexiones, corren, se preparan. Poco queda del esplendor del lugar. No parece tampoco por el número de coches que el balneario esté muy demandado en esas fechas. Lo dicho: un lugar para el retiro, para escribir. Quizá para la próxima feria de Azpeitia.

El bullicio de Azpeitia ha bajado respecto a los días precedentes. La plaza va a llenarse pero amenaza lluvia. El cartel es de sumo interés en este momento pero se observa que la inquietud del aficionado baja en su borrachera idólatra si no hay toreros como Morante. En el tendido tengo detrás a unos sevillanos jóvenes que siguen a Daniel Luque. Son bullangueros, jacarandosos y hasta molestos. La han tomado con unos franceses que no entienden sus bromas. Yo tampoco las entiendo. Un señor mayor les afea la conducta. ¿Conoce usted musha gente de Sevilla? Le preguntan. Por desgracia sí, responde. Yo fui apoderado de Luis de Pauloba. Ni se inmutan. No saben quién es. Yo sí: recuerdo su capote, su mano izquierda y su espantosa suerte suprema. Su mala suerte. La corrida, Ana Romero, es complicada y correosa: Urdiales sale herido. Borja Jiménez, aturullado. Daniel Luque triunfa de nuevo. Es potente pero le falta algo: ¿magia? ¿simpatía? ¿misterio? Todo parece fácil cuando lidia. 

Desde hace unos años me hice el propósito de conocer cada año una, dos o tres plazas en las que no hubiera estado nunca. De todas las recién conocidas, Azpeitia ha sido la más bella. Se mantienen las esencias.  Para una plaza tan pequeña, el apartado musical es variado y brillantísimo: suenan los txistus, se toca hasta en el tercio de varas, y  la banda acomete pasodobles y zorzicos con rigor. Y conmueve el pasaje del tercer toro: el llamado zorzico fúnebre. Si la feria tuviera diez tardes, no cansaría nunca su solemnidad. Un sector juvenil en la meseta de toriles ameniza sin desentonar ni llegar al alboroto de Pamplona. Quizá el toro debería tener un puntito más alto pero es plaza de tercera.  El último día fue redondo: con indulto incluido y salida a hombros del empresario. Las cosas si se hacen bien, bien terminan. 

Tocaba irse. Con nostalgia. Algo atorados, como se decía antiguamente. Hacemos una parada en Pamplona. Un luminoso señala la cuenta atrás. Me temo que es de las plazas que no voy a conocer. Ya es demasiado. Morante ha vuelto. El verano ya no es ciego.

David Ferrer. Agosto de 2024








Azpeitia

Un viaje interior

MÁS DESPACIO TODAVÍA

Urtasun, again

Un pequeño gesto que mueve las redes, nada más

Un texto de David Ferrer, 4 de mayo de 2024.

Urtasun, again

Del laberinto de las redes sociales, especialmente aquellas como X (ex Twitter) se puede salir y, de esta manera, tener una opinión propia, pausada, relevante. De lo contrario, se cae en la tentación de la brocha gorda. Ayer al ministro Urtasun, que está en cartera por pertenecer a un partido aledaño, domesticado, en vías de la insignificancia, le cayó la del pulpo por un movimiento de peón, que no de alfil ni de monarca: la supresión del Premio Nacional de Tauromaquia.

Siempre he sido partidario de suprimir esos premios por costosos e irrelevantes: cuestan, no aportan nada, apenas sirven como plataforma de promoción y, últimamente, no son más que favores debidos o pago por servicios prestados. En cualquier caso, si había un premio de danza, uno de edición, de cómic, de televisión, de literatura y demás bien está que hubiera uno de tauromaquia. No íbamos a ser menos. Ahora bien, ¿ha aumentado el prestigio de Luis Landero gracias a este premio? ¿Y el de Morante o Paco Ojeda? Pues eso.

Yo no creo, como se dice en las redes, que el ministro Urtasun sea un ignorante, un zopenco o un analfabeto. No lo creo. Y eso es lo que me preocupa. Tiene el camino trazado y sabe que la volatilidad de este gobierno es un riesgo: por h o por b, por junts o por bildu, cualquier día esta legislatura estalla y a ver donde se coloca a tanta gente. Los ministros de Sumar no tiene carteras: tienen cuentas de Twitter. Es su hábitat natural. La calle me temo que la han perdido ya hace tiempo. En medio de unas elecciones catalanas, a un mes de unas elecciones europeas, las redes sociales y los comentarios de los digitales son el campo de minas perfecto para hacer política, aunque sea desde la irrelevancia. A nadie se le escapa, como decía al principio, que quitar el Premio Nacional de Tauromaquia es una jugada menor en una batalla más amplia. Y que la tauromaquia (desdibujada y manejada por cuatro) debería actuar con estocadas contundentes, no con pases de trinchera. ¿Quién le pone la divisa? ¿Quién saca los pañuelos?

Están bien los gestos individuales. En los últimos años se ha apreciado un mayor interés por parte del público joven hacia la fiesta de los toros a pesar de que la irrelevancia informativa ha ido en aumento. No está mal que cada uno haga su pedagogía con los que tiene cerca: acompañar o invitar a los toros a alguien que no haya ido nunca, de derechas o de izquierdas, joven o menos joven. Y que después, en su sana libertad, decida volver o no. Pero también hay que ser fuertes desde arriba. Hay que hacer carteles novedosos, hay que llenar las plazas y hay que quitarse lastres que perjudican (sí, lo de Vox no ayuda mucho). José Tomás, Morante y Roca deben dejarse de melindres. Y los que tanto hablan, deberían pasar algún día por taquilla (siempre vemos los mismos rostros en los callejones). Y a los políticos que dicen apoyar la fiesta, menos palabrería y más acciones concretas. Si se suprime el Premio Nacional de Tauromaquia y lo cambiamos por setecientos galardones autonómicos, provinciales y locales, volvemos a jugar en la irrelevancia. Habría que preguntarse igualmente por qué el tema de la Fundación Toro de Lidia no ha cuajado entre el aficionado o por qué este es tan reacio a abonarse a cadenas como Onetoro. Los malos toreros se fundamentan en el adorno y tienen poco mando. Y así el mal aficionado. Por lo demás, desde el respeto taurino pero con contundencia no hay que perderle la vista al toro, como tampoco a Urtasun. Pero no nos olvidemos que este pertenece a una ganadería y un encaste en decadencia, se llame ahora Sumar o Podemos. Han perdido la casta, han perdido el rigor pero tienen las redes. Crean tres días de zozobra y luego nada. Pero hay que estar prevenidos, por si acaso. A veces un escorpión minúsculo es más letal que un paquidermo.
David Ferrer. Mayo de 2024








MÁS DESPACIO TODAVÍA

Tus enemigos

Las palabras del nuevo ministro de Cultura no son un farol ni un quite. 

Un texto de David Ferrer, 2024.

TUS ENEMIGOS

¿Quién no tiene enemigos? Quien probablemente no tenga ni amigos. La tauromaquia tiene aún muchos amigos, casi todos iguales, pero tiene una diversidad de enemigos muy peligrosa: cuando te has acostumbrado a una amenaza y esta parece ya atenuada, surge otra que parece menor y que, sin embargo, puede ser mucho más certera. Decía el barroco Gracián: "triste es no tener amigos pero más triste es no tener enemigos". Pues, en este caso, amigo Gracián, que tanto nos acompañas con tus textos, no estoy de acuerdo. Enemigos hay, y muy peligrosos. Y yo no los quiero.
Al margen de evoluciones sociales, culturales y económicas, la tauromaquia sigue vigente. Hay muchas plazas que se llenan y otras que no se llenan tanto como deberían. Y probablemente en esto hay más de una causa y no toda culpa de los enemigos. Como si fueran lapas, la fiesta de los toros,  por antonomasia,  se ha llenado en los últimos años de amiguísimos: lo hacen en forma de partido político que, si bien, han tenido el acierto de promover algunas iniciativas interesantes y protectoras en los gobiernos autonómicos, ayuntamientos y parlamentos en los que tienen responsabilidad, han tenido el mal gusto de arrogarse el título de protectores únicos, salvavidas solemnes. Casi como ese socorrista inexperto que enarbola la bandera de rescatador pero que entre selfie y selfie se le he ahogado el nadador. Así las cosas con estos amigos han proliferado y aumentado su poder los enemigos. Ya en el viejo libro El arte de la guerra se aconsejaba no subestimar al enemigo ni darle más poder con tus acciones desmedidas. Pues así estamos: con los amigos en tono verde de la tauromaquia, el Gobierno Sánchez va a estar otros cuatro años sin pestañear, sus socios y amigos, pero enemigos de la tauromaquia, tienen más poder que nunca y, para colmo, se ha generalizado una imagen de esta fiesta absolutamente politizada, derechizada y escorada que no tuvo nada que ver nunca con la realidad de los tendidos, tan abierta. 

El amigo de siempre de los toros, no el advenedizo sino el aficionado que paga, viene a ser una suerte de sujeto ilusionado cuya chispa se enciende al calor de los primeros carteles anunciados del invierno, con un fuego que va decayendo a medida que empresarios, carteles, resultados y ganaderías lo van apagando con un extintor duro en los meses siguientes, y con una chispa que arde de nuevo cuando la temporada va a acabar allá por septiembre y octubre. Este amigo verdadero vive acaso obnubilado con los éxitos de antaño y que reverdecen en su cabeza bien amueblada con dos, tres o cuatro faenas de la última temporada. Y no es crítica: pon en la coctelera las faenas de Morante en Sevilla, un par de tardes de Juan Ortega, un inicio de faena de Aguado, varias tardes de Daniel Luque, alguna de Urdiales a final de temporada y la de Borja Jiménez en Las Ventas. Con esta coctelera de somníferos beméficos, el buen amigo, el buen aficionado ya se echa a dormir, a soñar, a descansar. 

Y así estábamos: soñando en la paz de unas faenas, haciendo calendario, agenda y presupuestos: que si Daniel Luque irá aquí, que si Morante allá, que si José Tomás se ha puesto delante de una vaca. Benditos sueños. Fuera, amigos nuevos y enemigos a lo suyo: los amigos políticos haciendo el indio por Ferraz (del PP no se sabe nada y los aficionados del PSOE no se atreven a manifestarse). El caso es que un día de enero, antes de los Reyes, apareció el nuevo ministro de Cultura: un tal Urtasun. Se mueve y habla con diligencia. Con arrogancia. Tanta que va a convencer a muchos en lo que sea. Da igual que hable del Prado, que podrá verse en fascículos, de España como vestigio colonial (lo que hay que oír) o de la tauromaquia. El tío va a toda mecha. No pierde fuelle. Y tiene amigos, y muy buenos, y bien organizados. Ha hablado tan rápido, de manera tan clara que nos hemos quedado tiesos. Como el soldado inexperto que tira una granada al búnker y, mira por donde, acierta a la primera a meterla por el agujero. En ese búnker estamos nosotros, los amigos de la tauromaquia: hemos visto llegar al soldado, hemos admirado su agilidad y su destreza, aunque inconsciente, y finalmente hemos visto caer la granada. Quedan segundos para el estallido. Pero qué despacio torea Juan Ortega...

David Ferrer. Enero de 2024






MÁS DESPACIO TODAVÍA

Teorema de El Juli

Emblema de la tauromaquia contemporánea y omnipresente durante 25 años, El Juli anuncia inteligentemente su retirada.

Un texto de David Ferrer, 2023.

Teorema de El Juli


En física, al estudiar la relatividad general, se aplica el llamado teorema de Buchdahl: existe una densidad máxima permitida para la materia gravitante. En definitiva, una cuestión de límites y posibilidades. Incomprensible. Como es la tauromaquia. A veces tan extraña. Al margen de Roca Rey, un torero mediático en todos los sentidos, se puede afirmar que es Julián López El Juli el torero que ha roto con la densidad máxima, con los límites establecidos dentro de una concepción contemporánea del toreo. Veamos.
Si aludíamos al peruano, debe tenerse en cuenta en favor de su facilidad para llenar cosos y para obtener triunfos que se trata de un matador 2.0, nativo digital. Quiere esto decir que su estrellato nació con el fervor de las redes, cada actuación produce likes y retweets y es atractivo a la vez que tímido. El fenómeno Juli, sin embargo, nació con el fervor analógico, el de la prensa y el de los mentideros orales, si bien pronto se difundieron sus hazañas americanas, y después las españolas, con el incipiente internet que andaba aún con conexiones de marcado y una despaciosidad de carga de páginas que hoy nos desesperaría. Tuvo Julián como padrino en Nimes al más elegante, José María Manzanares, cuyo oficio y magisterio ha prevalecido más allá de los tiempos de Instagram, y como testigo al que sería rey de las revistas del corazón de segunda fila, Ortega Cano. Y anda que no ha cambiado la situación en todos los ámbitos de un tiempo a este. Pero mires por donde mires, analices la feria y el año que te apetezca, allí está El Juli en los mejores carteles.

En 2003, hace 20 años, terminó El Juli segundo del escalafón. El primero fue César Jiménez, prometedora estrella que fue declinando rápido. Un triunfo en Madrid te permitía eso. En sus primeros años como matador lidió más de 100 corridas (132 nos indica el escalafón de 1999). Si esto no es romper el teorema de Buchdahl, que venga otro físico y nos lo arregle. La edad y las ferias han ido retirando a unos y a otros: Ponce lo hizo por la puerta de atrás, José Tomás por la exclusividad de torear una al año. Quedan unos pocos supervivientes más antiguos en activo: Uceda, El Cordobés, Antonio Ferrera, Curro Díaz, y Morante de la Puebla, que es caso aparte, y otro teorema muy distinto. Pero El Juli no ha tenido esos altibajos, no ha ido y venido, ha sido una constancia de hambre de triunfo, sed de puertas grandes, de arrebato y de cabreo.

Es probable que otros toreros, como el caso de Morante, tengan más fantasmas en su cabeza, más displicencia algunas tardes, menos hambre, menos sed. Mucha más genialidad. Y aunque El Juli se ha atemperado y en los últimos años lo hemos visto trazar la verónica con una despaciosidad inaudita en su carrera, a medida que su rostro iba perdiendo el ángel de la niñez que antaño tuvo, no ha sido nunca la opción estilística y de quejío su preferida. El Juli venía siempre a arrasar con el teorema citado, a romper los límites gravitacionales, a quebrar las estadísticas por cualquier lado. 

El niño precoz ha concebido su carrera como ha querido, para bien y para mal. Ganaderías selectas, carteles cerrados. Pero esa precocidad le ha dado la inteligencia de la vida, la de saber retirarse en el momento y en el año perfecto. Son 25 años. Está haciendo buenas ferias, puertas grandes. Seguir un año más sería aventurarse a lo inesperado. A que las leyes relativas de la física, de la edad y de los despachos lo sitúen en el sitio postrero que nunca ha querido. Julián se va como quiere. Mandando. Enhorabuena.


David Ferrer. Julio de 2023.






MÁS DESPACIO TODAVÍA

La soledad sonora de Antonio Ferrera

¿Cuál es el misterio de Antonio Ferrera? Probablemente es el torero que en las últimas décadas ha tenido una mayor evolución.

Fotografía: Antonio Ferrera, de espaldas en primer plano, y José María Manzanares en Salamanca.

Un texto de David Ferrer, 2023.

La soledad sonora de Antonio Ferrera.

El torero viste un terno clásico. Sin estridencias. No los verdes llamativos ni fosforescentes. Su gama se ha hecho más clásica, reflejo quizá del momento que está viviendo. Ha tenido eco una excelsa actuación a un toro de Victorino en La Maestranza que, si bien no se culminó con la espada, lo ha puesto en la boca del aficionado como paradigma del poder, de la virtud y del temple. Pero hoy es Salamanca. 2017. Media plaza. Antonio Ferrera ve el toro con claridad y va toreando al paso. Un muletazo. Otro paso. Vuelve el toro. Trincherilla de vuelta. Otro paso. Y así hasta los medios donde comienza una sinfonía excelsa que acabará con dos orejas.
Ha tenido durante unos años Antonio Ferrera, extremeño de corazón, un idilio con La Glorieta de Salamanca. Aquella faena recordada fue de 2017; en 2018 indulta a un toro de Montalvo. Y en 2019 se acartela con Manzanares y Juan del Álamo. Barquerito dijo aquella tarde que Ferrera anduvo "a gorrazos", lo cual quiere decir, para los no entendidos, que estuvo sobrado, resolutivo, por encima. Tres orejas. Fue ese 2019 un enigma, un retrato de Jano. Las heridas del alma, sobre las cuales no tenemos el más mínimo derecho a juzgar, saltaron a la prensa tras un misterioso acontecimiento. Pero Jano es dios de las entradas y salidas, de los principios y finales, y salió al rescate de un torero que firmó en ese 2019 alguna de sus mejores faenas. Con las dudas sobre la reaparición, sorprende en una tarde gloriosa de junio, de creatividad máxima en Las Ventas.  Triunfa en Salamanca, en Palencia y en otras ferias en las que aparece en los mejores carteles: es un hombre ya veterano y como tal, el diestro encabeza carteles: delante de Morante, de Manzanares, de Roca Rey, de El Juli y de los más nuevos como Pablo Aguado. Cómo lo vería el diestro sevillano en Palencia que le brinda su último toro. Y Ferrera, escalando, soñando nuevos pases, nuevos quites, llega a octubre con un currículum intachable e intenta lo imposible: seis toros de distintas ganaderías en la feria de Otoño.

El 5 de octubre de 2019 la plaza de Las Ventas casi se llena para que unas cuantas mariposas bordadas se desprendiesen creativamente de un terno blanco. Fue una de las tardes más intensas que se recuerdan: variedad de toreo de capa, andarle a los toros, estar pendiente en todo momento de la lidia y, al menos, tres faenas de intensidad y belleza indescriptible. Agotado, desmadajado, con el espíritu lleno y el cuerpo exhausto, Antonio Ferrera salió a hombros aquella tarde como colofón a unas temporadas de búsqueda en sí mismo, de ahondar en el propio toreo, de sentirse el más puro, como su querido maestro José María Manzanares. 
 
Si en 2007, 2012 me hubieran dicho que iría a una plaza de toros solo por el nombre de Antonio Ferrera, lo habría negado todo. Pero desde 2017 es uno de los primeros nombres que miro en cada feria. Tanto como a Morante, como a Juan Ortega.  Cómo me gustaría ese cartel. Pero algo se quebró desde la pandemia, que en general nos vino mal a todos, pero que a algunos toreros los trató como las puertas de Jano: o como punto de partida o como puerta de retirada. La temporada de 2022 ha sido extraña para un nombre como Antonio Ferrera. Bien en cuanto a número de festejos (tercero en el escalafón) pero en un tono menor en las plazas que lo contratan y en la calidad de los carteles. 

¿2023? Una ruptura con su apoderada y amiga Cristina Sánchez deja esta temporada con una incógnita: un triunfo en Castellón, mala suerte con los Miura en Sevilla, algunas plazas pequeñas, ausente de Valencia y de Madrid. Parece que se cuenta con él en Burgos y Pamplona. Y numerosas actuaciones en la América taurina, donde parece que se siente cómodo.

Volvamos hacia atrás. A esas tardes de gloria en Salamanca, en Palencia o en Madrid. Yo quiero a ese Antonio Ferrera. De andares parsimoniosos, de gestualidades casi teatrales, de una estética al servicio del toreo que ha llevado años esculpir; pero de una ética cosida en cada uno de los costurones que inundan su cuerpo. 

Este es un artículo que no va a salir en ningún medio grande.
Este texto es una alabanza a la grandeza de un torero del que callan algunos despachos y algunos periodistas. 

La soledad sonora es un verso de San Juan de la Cruz. Aquel frailecillo pequeño, de una capacidad literaria inigualable y que tuvo que despeñarse, herirse la piel para defender su verdad. Todo en Juan de la Cruz es a la vez inquietante y bello. Como la soledad sonora. Antonio Ferrera es un torero solitario, y más en estos tiempos. Ferrera torea en silencio y expresa más de lo que dice.

Antonio Ferrera es tan necesario como el silencio. Como la soledad. Tan sonora. 

David Ferrer. Mayo de 2023.






MÁS DESPACIO TODAVÍA

JUAN ORTEGA, EN SEVILLA.

No ha conseguido trofeos. No abrió la Puerta del Príncipe. Pero azuzó a Morante y nos dejó esa lentitud conmovedora. No tenemos prisa. Pero yo tengo un deja vu.

Fotografía del torero de José Aymá para El Mundo.

Un texto de David Ferrer, 2023.

"Lo que el torero enseña al toro es la precisión en la embestida". Así lo dijo Bergamín, y no andaba desacertado. ¿Cómo puede enseñar un hombre a un animal que está en actitud ofensiva y defensiva? Así es la paradoja y el misterio. 
Se dice que Juan Ortega templa a sus oponentes. Tienen su capote y sus muñecas un poder disuasorio por el que el astado atempera su recorrido, se amilana y se conduce en círculo al ritmo requerido. Hay quien lo llama arte, hay quien lo llama técnica.

Ha sucedido en abril de 2023. Verónicas acompasadas, ralentizadas, tan leves como una pluma que cae del cielo. ¿Y cuál es el misterio desconocido para que Juan Ortega no rompa, no triunfe?

A un torero así se le espera. Sin prisa. No es cuestión de una temporada, ni siquiera de dos. O cinco. Hace unos años, todavía antes de la pandemia, se anunciaba a este torero en Madrid en esas tórridas tardes, tan tradicionales y hoy tan desérticas, del quince de agosto. Es difícil llegar a la media plaza en esas condiciones pero aún así, acudieron más aficionados de la cuenta porque venía un tal "Juan Ortega". Madrid en el fondo no es tan diferente de Sevilla. Tampoco hubo redondeo ni triunfes pero sí momentos especiales. Algo oculto.

La tarde en Sevilla el 26 de abril es extremada e inusualmente calurosa. Juan Ortega espera junto al burladero la salida de su primer toro. Mira hacia abajo con el capote enhiesto como un parapeto pero el torero se oculta, se toca la cara en un gesto de nerviosismo. Baja el mentón con timidez. ¿Quién puede saber lo que vendrá ahora? Es fuego la tarde pero blanco tirando a rosa palo el vestido. Apenas quedan segundos para que salga el toro pero la tauromaquia es la única de las artes que no tiene posibilidad de ensayo hasta que salga el toro. Habrá entrenamientos, toreo de salón, tentaderos. Pero la verdad se realiza en un minuto con un animal incierto delante. Y si este quiere. Y si el torero puede. Acoplarse por ello es tan difícil. Recibe al toro Juan Ortega: hay un primer enganchón en el primer lance.  ¿Podrá esta vez? Sí, ha sido falsa alarma. Y desde aquí se suceden cinco lances, cadenciosos, más lentos que este texto, que se cierran con una media. Juan Ortega ha podido. Hay música. Hay palmas. Hay que sacar al toro. Por delantales. Fijémonos en las manos. Fijémonos en la figura. Hay uno o dos para el recuerdo. Tras el segundo pullazo, entra Morante arrebatado por chicuelinas y responde Ortega. Debe hacerlo. De nuevo las verónicas. Y una chicuelina que viene de lejos desde Triana. Enroscado, cubriendo la delgada desnudez del traje blanquirosáceo.

Si la corrida hubiera terminado con ese todo, los espectadores habrían salido hablando de ello. Pero hubo mucho y bueno.

Al analizar los episodios de deja vu, Remo Brodei (Pirámides de tiempo, editorial Pre-textos) dice que el "recuerdo en caliente es también una interpretación y que, si hace falta, se reescribe varias veces como un palimpsesto". El espectador de la tauromaquia ve en directo la perfección y le faltan palabras para describirlo. Casi una semana después, cada espectador incorporará su propia interpretación a cada una de las verónicas de Ortega, a cada uno de sus delantales. No existe el tiempo en el toreo de capote porque pervive de una manera etérea durante días, semanas, meses, años. ¿Cómo pervive? Si habláramos de una canción popular, incluso de un aria de ópera, podría entonar aquí y ahora unos compases. Si se trata de una arquitectura perfecta, tengo en mente las líneas generales del Duomo de Milán y sus agujas. Si de un cuadro, recuerdo una gama de colores, un ademán, un rostro en un cuadro de Caravaggio. Cuando hablamos de una obra maestra en el capote recuerdo, sin necesidad de poner el video de nuevo, sobre todo la lentitud, unos fogonazos en movimiento.

Se tarda más en escribir este texto que en ejecutar una verónica.

Este texto va al olvido.

La media. El delantal. La chicuelina. La mano sobre el capote. La cintura. El tiempo.

Deja vu. Debo de haberlo vivido.

David Ferrer.






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